Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo. Parte I: la inconsciencia de la pericia.

La práctica no hace al maestro. No siempre.

Algo que sucedió recientemente me recordó un aspecto crucial del funcionamiento del cerebro que cotidianamente pasamos por alto: gran parte de las cosas que hacemos, incluso habilidades que asociamos con la práctica continua o con la adquisición de experiencia durante un tiempo relativamente largo, se ejecutan sin que la consciencia intervenga, aunque parezca lo contrario.

El primer día en bicicleta de Emiliano sin rueditas de aprendiz, de esas con las que vienen las bicis para los más pequeños, ocurrió hace poco. –Ahora sí papá, hoy regresando del ciclotón practicamos en el estacionamiento sin rueditas, ¡claro que sí, cómo que no!– dijo emocionado. Sonreí. ¿Quién iba a creerle a este enano de tan sólo tres años?

Ya teníamos tiempo asistiendo al ciclotón, un evento dominical en la ciudad de México en el que se cierra buena parte de la calle de Reforma para dar paso a los ciclistas y peatones en un circuito de unos 12 km. La idea de llevarlo con frecuencia era interesarlo en el ejercicio desde pequeño. Y funcionó; disfrutaba este evento que veía a este padre seguir a su enano a pie o en bicicleta y a su madre en patines con la carriola de su hermana bebé. Su bicicleta, había sido hasta entonces más bien una cuatrimoto con las ruedas extra que suplantan el equilibrio de los recién iniciados.

Recientemente su prima de seis años empezaba a andar en bicicleta, sin terminar por decidirse a dejar las rueditas laterales de apoyo. Seguramente eso lo motivó de improviso (ciertamente algo lo hizo) para tomar la drástica medida de abandonar las dos ruedas de apoyo sin importarle que no sabía nada de equilibrio en bicicleta. Todo indicaba que sería un día de correr sosteniéndolo para empezar a generarle confianza. No se veía promisorio para mi espalda pero… Si el tenía la intención, yo no iba a quitársela.

–Tu bici ya no tiene las rueditas Emiliano– le dije medio convencido de que rechazaría la misión en el último momento, al ver que en efecto ya le había yo desprendido los soportes. Pero no. Se subió al biciclo sin más.

— Esto es lo que vamos a hacer– comencé diciéndole al tiempo que impulsaba suavemente su bici –trata de girar los pedales rápido y verás que…– Allí estaba yo, parado y sin habla viéndolo alejarse pedaleando como si lo hubiera hecho toda la vida, compensando a la izquierda y a la derecha en esa danza tan agradable que tienen los velocípedos. Sin dudas, sin miedos, sin reflexión alguna de que era imposible sacar equilibrio de la nada. Sin dejarme –horror de horrores– terminar mi docta explicación de cinco segundos sobre el equilibrio en bicicleta.

Más tarde, traté de decirme que hasta cierto punto todo esto era natural  ya que la mayor parte de lo que hacemos e incluso lo que llamamos “pericia” está en gran medida fuera del ámbito de la conciencia, pero no dejó de tomarme por sorpresa.

Durante una buena parte de la segunda guerra mundial, una de las preocupaciones principales de los británicos era alertar oportunamente a sus ciudades de los ataques aéreos alemanes. La dificultad estribaba en distinguir entre oleada de atacantes enemigos, de los aviones propios y aliados que regresaban a casa.

En algún punto los militares británicos tomaron conciencia de que, de entre los ciudadanos viviendo en algunas poblaciones relativamente remotas a las ciudades susceptibles de ataque, había algunos entusiastas de aviación que podían distinguir de alguna forma la diferencia entre escuadrones aliados y hostiles. Claramente esto les era útil a los militares. Se dieron entonces a la tarea de reclutar personas en poblaciones estratégicas para usarlas en esta crucial labor de detectar al enemigo; sin embargo, los resultados fueron decepcionantes. Nadie parecía entender exactamente cómo distinguir amigo de enemigo en el aire. No es fácil, los aviones pasan muy alto y estaban pintados justo para ser difíciles de ver.

Sin embargo era un hecho que había algunas personas que prácticamente sin falla, podían distinguir las aeronaves peligrosas de las aliadas. La segunda estrategia (no se iban a dar por vencidos a la primera) fue usar a estos observadores como “instructores” de otras personas. El método de instrucción era muy simple y práctico: consistía en que los aprendices trataban de identificar a los aviones como agresores o amigos sin ningún entrenamiento previo y los “expertos” les decían si estaban o no en lo correcto. Nadie podía poner con precisión el dedo en la o las características particulares que permitían distinguir los grupos de aeronaves, pero esta técnica permitió desarrollar expertos casi infalibles, lo cual fue crucial en la defensa aérea británica en la conflagración mundial que no terminó sino hasta 1945.

Ahora sabemos, a través de experimentos controlados, que muchas labores cotidianas están parcial o totalmente fuera del alcance de la conciencia. Hay un sinnúmero de ejemplos: tocar el piano, batear decentemente en un juego de béisbol, manejar un automóvil. Todas estas acciones pueden llegarse a ejecutar con verdadera maestría pero más que la práctica, es la parte inconsciente del cerebro la que puede y debe realizarla. Atraerlas a la consciencia para ejecutarlas bien normalmente causa más fallas que aciertos.

Ningún gran maestro del piano ha podido realmente poner el dedo sobre los pasos para que alguien más se convierta en uno, pero sin duda algunos pianistas han podido captar, sin entenderlo, ese algo que se transforma en maestría tras el teclado. El caso del béisbol es algo distinto, pero también muestra que la conciencia no interviene en algo que parece que se lograría con la práctica constante de una habilidad consciente: batear con gran pericia. Se ha demostrado que es imposible que a la velocidad que lanza una bola rápida un pitcher profesional, haya tiempo para tomar consciencia y reaccionar, no importa lo hábil que uno sea. Esto significa que un bateador profesional realmente bueno aprende a leer al pitcher y reacciona en consecuencia sin que realmente su consciencia tenga nada que ver con su pericia en el bateo.

No se exactamente cómo aprendió Emiliano, pero se que nadie le enseñó a andar en bicicleta. Por lo que entiendo, probablemente su cerebro se hizo de un buen modelo de cómo equilibrarse en bicicleta observando a cientos de ciclistas en sus paseos dominicales previos. Igual que cada homo sapiens que existe, su consciencia es tan solo un actor relativamente superficial mientras que su cerebro, como un todo, es un observador y un ejecutor realmente portentoso.

La consciencia y me atrevería a decir que hasta el libre albedrío, están sobrevalorados; según nos ha mostrado la ciencia. No somos lo que llamamos “nosotros”, el nosotros de la conciencia, lo que tiene las habilidades que llamamos muy ufanamente pericia, experiencia o hasta erudición.

Libre albedrío… Mhhh. Motivo de otra reflexión. Pero por lo pronto mi inconsciente experto va por un café.

-Espaciotiempo

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